La diosa Mari

Categorías : Religión
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Colaboró: Mitologiazalea 

“Hasieran, anabasa nagusi zenean…” (En el principio, cuando reinaba el caos…) los espíritus y fuerzas de las tinieblas reinaban en el mundo y acechaban sin cesar con su maldad a los humanos. Estos, viéndose incapaces de luchar contra ellas, suplicaron a Mari, la madre tierra, de la que todo nace, la todopoderosa, la fuente del “adur” o energía que mueve el cosmos, que les diera un arma para luchar contra ellas. Mari, se apiadó de sus hijos y creó a su hija, la Luna, y, con ella, creó la noche. Los espíritus de las tinieblas con sus ojos reflejando su maldad vieron con asombro la luz de la Luna en el firmamento, pero pronto volvieron a acechar a los humanos.

Los humanos agradecieron a Mari la luz de su hija, la Luna, pero no era suficiente para luchar contra las tinieblas, porque estas seguían acechándoles. Entonces volvieron a suplicar a Mari que les diera algo que tuviera más luz que la Luna. Mari se volvió a apiadar de sus hijos y creó a su otra hija, el Sol (en la cultura vasca el sol es femenino) y, con ella, creó el día. Cuando el Sol subió al firmamento los espíritus de las tinieblas la miraron con pavor, no pudiendo soportar su luz y su calor, dando grandes alaridos y buscando refugio.

Pero cuando el Sol se ponía en los confines del mundo, en Itsasgorrieta (“los mares bermejos”), los espíritus del mal salían de sus guaridas y volvían a acechar a los humanos. Entonces estos volvieron a suplicar a Mari que les diera algo para luchar contra el mal durante la noche. Y Mari volviéndose a apiadar de ellos creó la flor del Sol, el Eguzkilore (Carlina Acaulis), y ordenó que lo pusieran en las puertas de sus moradas para que los espíritus del mal nunca más pudieran entrar en ellas.

De esta forma Mari creó dos mundos. “El mundo de los día” para los humanos (los vivos) y “el mundo de los de la noche” para los espíritus tanto malévolos como benévolos (los muertos).

Mari ordenó que ningún humano vagara por la noche, porque la noche no pertenecía a los humanos, sólo el día. Y creo al espíritu Gaueko (“de la noche”), el espíritu guardián de la noche, un espíritu que se encargaba de arrebatar del “mundo de los del día” (los vivos) al humano que vagara irresponsablemente por lo noche para enviarlo al “mundo de los de la noche” (los muertos), es decir, convertirlo en un espíritu errante.

Solamente los humanos podían salir de noche para asistir a actos religiosos como los akelarres (“campo del macho cabrío”) para conmemorar la victoria de la luz frente a las tinieblas, de ahí que se celebrara en las noches, y adorar al aker (macho cabrío), que es la representación zoomórfica de la diosa Mari (no la única, pero la que más utiliza). Y también podían salir en la noche para celebrar la llegada de Olentzaro y darle ofrendas. Olentzaro, también llamado Olentzero, es el espíritu enviado por Mari para anunciar a los humanos la llegada de los solsticios de invierno (actualmente se conserva como una fiesta similar a la de Papa Noel celebrada el 25 de diciembre, pero inicialmente fue en el día de Santo Tomás, que se sigue celebrando mucho en el País Vasco) y de los solsticios de verano (después de la cristianización la llegada de Olentzaro se convirtió en la fiesta de San Juan, aunque se conservan las hogueras que se prendían también durante la antigua religión).

Mari no sólo otorgaba cosas y ayudaba a los humanos, también pedía y ordenaba a los humanos acatar sus leyes que condenan el matar, el robo, la ociosidad, la jactancia, el incumplimiento de la palabra dada, la no ayuda al prójimo y acceder sin permiso de Mari a sus moradas, que se encuentran en cuevas de las más altas cumbres del País Vasco, unas cuevas que comunican con el mundo subterráneo. Y creo el “gaiztakeria gaiztakeriarekin ordaindua” (el ser pagado con tu misma fechoría), es decir, que aquel que se jacta de tener dinero, perderá su riqueza, aquel que se jacta de su belleza, la perderá, aquel que robe algo, le desaparecerá algo propio del mismo valor, aquel que mate acabará muriendo…



Mari se presenta en forma de mujer, elegantemente ataviada, con largos cabellos y con pies de ave o de cabra. Hay veces que se presenta envuelta entre llamas. Otras veces se presenta en forma de macho cabrío, yegua o de toro joven. Cada siete años cambia de morada surcando los cielos con gran estruendo envuelta en una bola de fuego. Mari suele emerger también del mundo subterráneo, abriéndose la tierra fruto de un terremoto y alzándose Mari del interior de la tierra con un herensuge (dragón) enroscado en su cuerpo, acompañada de su séquito de lamias.

Mari se apiada de los humanos pero también es implacable cuando estos no cumplen sus leyes. Cuando esto se generaliza en pueblos o incluso territorios Mari los castiga con sequías, con tormentas de pedrisco o causando fuego en sus montes, pastos y huertas.

Todo humano al fallecer comienza a formar parte del mundo de los de la noche, se convierte en un espíritu errante que en la oscuridad, con la única ayuda de la luz de la luna (en vasco luna se dice ilargia que significa luz de los muertos) y acechado por los espíritus malévolos que encuentre en el camino, comienza a buscar con rapidez y sin descanso el sendero que le lleve hasta una de las grutas de Mari que dan acceso al cielo de los vascos, el mundo subterráneo, en el que vivirá acompañado eternamente por Mari y sus antepasados. Toda persona que ha obrado según las enseñanzas de Mari en el mundo de los del día (de los vivos) encontrará rápidamente el sendero hacia la gruta de Mari. El que no haya seguido tanto las enseñanzas de Mari, le costará más encontrarlo (el purgatorio), y el que no haya seguido nada de lo indicado por Mari vagará eternamente en la noche acechado constantemente por los espíritus malignos (el infierno). El hecho de considerar el mundo subterráneo como el cielo cristiano, nos da pistas del origen prehistórico de esta religión ya que proviene de un pasado remoto en el que los vascos debían guarecerse de las gélidas temperaturas en las cuevas, aquel que al anochecer no encontrara el sendero que le llevase a la cueva, perecería de frío. En Europa las únicas religiones conocidas que poseían un cielo en el mundo subterráneo son la religión vasca y la religión de la Creta minoica. Las religiones indoeuropeas como la celta o las germanas o las religiones semíticas al ser más recientes perdieron esa relación antigua de los humanos con las cuevas.

El Sol que durante el día ilumina el mundo de la superficie, después de ponerse en los mares bermejos, comienza a iluminar el mundo subterráneo.

Las encargadas de extender la palabra de Mari y de celebrar los akelarres eran sus sacerdotisas, capaces de irradiar el “adur” (la energía que mueve el cosmos), de adivinar el futuro o de curar a través de sus hiervas y que reciben el nombre de sorgina, que significa “hacedoras de vida”, dado que ellas eran las matronas que traían al mundo a los niños y hacían que el adur fluyera en el cuerpo del recién nacido y de esta forma comenzara a vivir. Con la llegada del cristianismo las sorginas fueron consideradas como brujas y es actualmente el significado que tiene la palabra sorgina en vasco. Para nombrar a las matronas el euskera desarrolló una nueva palabra: emagina.

Toda casa vasca a su vez era un templo a la diosa Mari, la mujer era el pilar que sustentaba la familia y la madre era la encargada de llevar adelante los rituales de adoración a la diosa. La feminidad era considerada como un signo de debilidad, algo que se ha conservado en gran manera hasta la actualidad, razón por la cual sorprende a personas no conocedoras de la cultura vasca, el comportamiento de la mujer vasca muy masculinizado y que desempeña un rol que comunmente en las culturas latinas ha sido desempeñado por el hombre.

Mari tenía un marido denominado Sugaar (serpiente macho, pues tomaba forma de serpiente gigante) o también Maiu. Y tenía dos hijos Atarrabi (representación del bien, cuyo nombre sirve para denominar en vasco a la localidad navarra de Villaba, cercana a Pamplona) y Mikelats (representación del mal) que continuamente luchaban entre ellos, e incitando a los humanos a hacer el bien o el mal, representando la lucha eterna entre estas dos fuerzas. El hecho de que uno de los nombres del marido de Mari se llamara Maiu, que es la forma masculina de Maia que era otro de los nombres de Mari, y que uno de sus hijos fuera la representación del bien y el otro la representación del mal, hace referencia a que tanto la masculinidad como la feminidad, así como el bien y el mal formaban parte de la naturaleza de Mari, dando lugar a una religión matriarcal y panteísta, donde todo lo que existe formaba parte de la naturaleza de Mari.



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