La lágrima

Colaboró: Pau Fuster

Su móvil, que usaba como despertador, emitió otra vez aquella horrible melodía predeterminada que lo levantaba de sus felices cada mañana.

Puso, como siempre, su pie izquierdo primero al suelo. Le gustaba burlar las supersticiones. También le encantaba la sensación de poner el píe caliente en el suelo frío, aun así, hacía mucho tiempo que vivía sin ganas.

Esas duchas calientes y el olor del champú, lo ayudaban a tirar adelante, le daban ganas de vivir. Al salir de la ducha, ya desnudo, caminó de nuevo hacía su habitación, donde se vistió con un traje de los 20 que tenía. Escogió también una corbata que quedara bien con la camisa gris. Lejos quedaron esos tejanos rotos y las camisetas con mensajes reivindicativos que llevaba cuando era joven. Cruzó el pasillo, pasando por las habitaciones vacías de vida. Vivía en una casa muy grande, a las afueras de la ciudad, solo. No tenía tiempo para formar una familia o para salir con sus antiguos amigos. Cada día lamentaba no haberse declarado a ese amor de juventud, con el que todo habría sido distinto. Desayunó un café con leche caliente y un par de galletas. Cogió el coche y se fue hacía el trabajo.

Trabajaba de ministro de medio ambiente en un país donde hacía cuatro años que no llovía. Habían subido los impuestos para poder hacer desalinizadoras para poder obtener agua potable del mar. Cada día, escuchaba peticiones de dimisión y críticas constantes. Al oír la primera crítica de ese día, tuvo muy claro lo que tenía que hacer. Dimitió.

Al volver a casa, abrió la nevera y sacó un trozo de salmón, que haría a la plancha. Lavó también un poco de lechuga. De postre, se dio un pequeño homenaje, comió un yogur con cereales de chocolate. Subió a su habitación, se desnudó, llenó la bañera (hasta arriba) y se metió dentro.

Mientras estaba en la bañera, oyó unos truenos fuera. No hizo caso, no era posible que lloviera. Se lavó la cabeza con ese champú que tanto le gustaba y se vistió con el pijama. Subió al tejado, y se puso ese cantante de jazz. Notó el frío, la humedad del pelo, y lo vio claro.

Se subió al muro que separaba el tejado de la caída mortal.  Antes de dejarse caer, miró arriba, a un cielo nuboso, y una gota de agua le recorrió la mejilla como si fuera una lágrima.

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