Historia del Panteón Civil de Iztapalapa.

Esta historia me la platico hace muchos años una tía, la anécdota cuenta la historia de Juan, su primer esposo, el cual ya no se encuentra entre nosotros en la actualidad; Juan era taxista de profesión y le gustaba hacer la ronda de la noche, por que cuando la ciudad era muchísimo mas segura que en la actualidad era cuando más se ganaba y no se tenía el peligro de que uno fuera a ser el asaltado, la vivencia que les traigo data aproximadamente de los años setentas, aunque en realidad no se el año exacto, por lo tanto ni el día.

Juan se dirigía a dejar a su pasaje por allá por el cerro de la estrella, tomó a esta mujer después de haber comido unos tacos con “el güero” una taquería muy famosa en esos tiempos ubicada en la colonia Héroes de Churubusco, la bella mujer estaba en la misma mesa junto con 2 muchachos los cuales reían sin parar mientras Juan pedía dos de sudadero y uno de longaniza, Juan estaba pensativo en aquel momento, pues a pesar de que ya era la una de la mañana no le había ido bien en el día y solo le quedaban un par de horas más para poder seguir sumando para lo poco que le faltaba de cuenta y poder llevarse unos centavos para dejarle a su mujer, pues vivía del día a día.

Después de dar el último sorbido a su refresco rojo vio su reloj y vio que ya había tardado bastante en cenar sus tacos y que tenía que ponerse en movimiento pues su jornada de trabajo ese día acababa a las 3 de la mañana, se limpió las manos con un pedazo de limón para cortar la grasa y que las manos le dejaran de oler a taco, saco su cartera, y deposito lo que “el güero” le indicó que debía. Una ves más sorbió en el popote para que el envase hiciera un ruido que le indicaba que la bebida se había terminado.

Se paro de la pequeña barra en la que estaba sentado, dijo “provecho” para los comensales que aun se quedaban recibiendo sus ordenes de taco y guardo su cartera en la bolsa trasera del pantalón, se hurgó los bolsillos laterales y sacó las llaves de aquel “bochito” pintado de amarillo.

A lo lejos escucho un silbido, y giró la cabeza para darse cuenta que uno de los muchachos que reían en su mesa se aproximaba a él, el muchacho le preguntó si seguía de servicio y Juan asintió con la cabeza, preguntando ¿para donde va joven?; a lo que el muchacho le dijo, no, yo no me voy, pero le podemos encargar que lleve a la señorita muy cerca del cerro de la estrella; claro que si joven, con mucho gusto, el joven se metió la mano al bolsillo y billetes hechos bola del pantalón, desenvolvió como pudo unos dos o tres y le estiró la mano; Juan pensó que el trayecto no era mucho y que en realidad quizá con lo que lograría juntar de menos ya tendría para su cuenta del día y con un pasaje más tendría para poder dejarle dinero a su mujer para la comida de su casa.

Estiró la mano y se dio cuenta que la cantidad de dinero rebasaba lo que el cobraría en este trayecto, se lo hizo saber en voz suave al joven y aquel muchacho le respondió que no importaba, que así estaba bien, Juan esbozó una sonrisa y pensó que después de este pasaje podría llegar mucho antes a su casa y descansar de menos una hora antes, pues el joven se había visto realmente espléndido. Juan se dirigió al taxi y le gritó al joven que no se apurara en subir a la muchacha que el esperaría el tiempo que fuera preciso.

Juan se tumbó al asiento delantero de su auto y espero unos cinco minutos hasta que de pronto escucho como se abría la puerta y veía como uno de los jóvenes acompañantes de la muchacha le abría la puerta y se despedía dándole un beso en la mejilla.

La joven saludó amablemente y Juan respondió de la misma forma, ¿para donde la llevo señorita? Fue lo que le preguntó, pues mire esta muy cerca del cerro de la estrella, no creo que hagamos mucho tiempo, le voy diciendo por donde, así que Juan puso en marcha su motor y se dispuso a proseguir con el viaje, así fue platicando con la joven en el trayecto, le comentó que uno de los jóvenes la estaba pretendiendo y se entero de muchas cosas más, derepente un fuerte estruendo en su estómago le indicó al chofer que los tacos le habían caído un poco pesados y el sudor le recorrió el cuerpo, y unas ganas inmensas de ir al baño pasaron por su mente.

Apresuró la marcha del vehículo y por fin logró dejar a la muchacha en su casa, en cuanto la joven cerró la puerta del taxi, se arrancó a toda velocidad y estuvo pensando que a esas altas horas de la noche ya no abría un lugar en donde le permitieran entrar al baño, lo mejor sería ir directo a su casa, afortunadamente ya no estaba tan lejos de la zona, a unos escaso quince minutos de donde estaba.

Pasando justo enfrente del panteón civil de Iztapalapa su tripa dio un nuevo grito desgarrador, Juan ya no aguantaría mucho mas, no podría llegar a su casa como el pensaba, así que de inmediato paro el auto en seco haciendo rechinar las llantas y salió desesperado del vehiculo, vio un trozo de barda del panteón más bajo que los otros lados y saco un par de servilletas de la bolsa del pantalón la cuales se estaban atorando con las llaves de su casa, cruzó como pudo aquella barda y pensó que era muy penoso lo que estaba haciendo pero de verdad lo necesitaba hacer.

No muy lejos del lugar vio un árbol grande donde se escondería perfectamente para poder hacer sus necesidades, y corrió apretando las piernas, se inclinó bajándose el pantalón y una alivio inmediato libero su alma, así que de pronto ya un poco mas tranquilo y en cuclillas se dio cuenta de lo que estaba haciendo y un escalofrío cruzó su mente, junto a aquel arbolote se encontraba una lápida que decía el nombre de una mujer, como olvidarlo, Martha Hernández Figueroa, derepente escuchó un sonido extraño y pensó que se avecinaba el cuidador del panteón haciendo su ronda, e intentó que todo saliera más de prisa, pero volteó a todos lados y no pudo ver ni una luz, así que sintió un alivió pero también mucha ansiedad; de nuevo escucho como algo caminaba entre las tumbas haciendo mover el pasto alrededor y pateando algunas rocas a su paso.

Muy nervioso de nuevo intento darle velocidad al proceso y repentinamente sintió como una mano le tocaba el hombro, dio un saltó del terror y pudo ver una mujer de aspecto pálido y huesudo al lado suyo en forma de un vapor extraño la mujer lo llamaba por su nombre, a lo que Juan como pudo subió sus pantalones y cruzó una barda alta del panteón de un solo brinco para agarrarse de ella y cruzar al otro lado en la calle y correr al taxi, prendió el auto y acelero con un olor nauseabundo de lo que traía en sus propios calzones.

Juan llegó a su casa y contó lo sucedido a su mujer, mientras se bañaba y lavaba sus calzones  y pantalones manchados por el acontecimiento sucedido, a partir de esa noche Juan comenzó con los pasajes en la mañana y nunca más puso un pie sobre un panteón o cerca de alguno y se negaba cuando el pasaje le requería que lo llevara cerca de alguno. Juan no supo a ciencia cierta lo que vio en el panteón y lo contaba muy naturalmente sin omitir detalle alguno, así como lo conté, incluso era la anécdota de todas las reuniones familiares, y el nombre de la tumba es el real, o por lo menos el que nos contaba mi tío.

Comentarios

  1. Por kimberly

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