Historias de fantasmas: La casa de Jimena

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A continuación les voy a contar una anécdota que me contó hace poco mi amiga Daniela. Le pasó a ella, una tarde del pasado invierno, cuando estaba en la casa de su amiga, charlando como de costumbre.

-Esa tarde, estábamos Jimena y yo comiendo algo y hablando de los amigos, el trabajo y no recuerdo que más, me dijo Daniela, eran aproximadamente mas de las  7 de la tarde y ya estaba completamente oscuro, como suele suceder en invierno, pero nosotras seguíamos con la charla, que por cierto, estaba muy interesante. Estábamos en la cocina calentando la pava y de paso aprovechábamos algo del calor del fuego para nosotras mismas, hacia mucho frío.

La cocina, de la casa de Jimena, en la cual yo he estado ahí muchas veces, es pequeña, de aproximadamente 3 metros por 3, con una puerta que da al comedor y otra que sale a un balconcito con un par de macetas con cada una un malvón maltratado por el frío.

Daniela me siguió contando: –la pava ya estaba haciendo ruido, la sacamos de la hornalla y nos hicimos unos tés. Yo me apoyé de espaldas a la mesada, mirando a Jimena que en ese momento me estaba contando sobre su nuevo compañero de trabajo, mientras yo la miraba ella estaba de espaldas a la puerta de vidrio, contándome tan atentamente que casi no respirara, sólo paraba para dar algún que otro sorbo a la taza de té.



Mientras ella me contaba, vi de reojo como la puerta de vidrio del pequeño balconcito se abrió unos centímetros,” el viento quizás, unos instantes y la cierro’’ pensé y seguí escuchando a Jime.

En ese instante una mano pálida, muy, muy flaca y huesuda, como de un anciano, esa fue mi primera impresión, apareció desde el borde de la pared, lentamente agarró la manija de la puerta. Yo estaba paralizada.

Escribo esto y me acuerdo muy claro, de la cara de Daniela, la cara de terror que tenía al contarme esto, como recordaba el momento y la seriedad del momento era total.

No atiné a nada, Jime siguió hablando, yo no podía dejar de ver esa mano que de la nada apareció en esa puerta, que daba a un balcón sin conexión alguna con otro edificio, imposible que alguien pudiera saltar o llegar de alguna forma a él y menos una persona tan anciana como denotaba la tan destruida mano que estaba viendo.

La mano agarró la puerta lentamente y en ese instante, lo vi, lo juro. Tiró de la puerta. Pegó un increíble portazo, haciendo saltar los vidrios de la puerta por los aires y un ruido tremendo.

La explosión de los vidrios, el grito de Jimena sumado a mi grito de terror, retumbó en toda la casa. Tiré mi té, creo y salí corriendo al comedor, buscando algún lugar seguro, lejos de esa fantasmal mano que rompió la puerta.

Estar en el comedor no ayudó en nada, el terror seguía, el cuerpo apenas me respondía, estaba temblando. Pero empeoraría.

En ese instante, entró Jimena y riéndose me dijo ‘’bueno, no fue para tanto susto, un poco de viento nada mas’’



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