El origen de los Vampiros

El mito del vampiro es uno de los más conocidos en todo el mundo gracias al cine, y concretamente a las películas de Drácula, basadas en el libro del mismo nombre del gran Bram Stoker, el cual murió aterrorizado por el propio mito del vampiro.

El origen del vampiro está en el este de Europa, en la zona que hoy conocemos como Rumanía, y está asociado a la sangre y sobre todo a la muerte, ya que los vampiros necesitaban la sangre para alimentarse, y cada vez que mordían a alguien lo convertían en vampiro.

También está asociado a la muerte ya que algunos muertos que no encontraban su camino podían convertirse en vampiros. Así, en algunas zonas rurales de Rumanía el mito aún está muy vivo, y se han cometido profanaciones de tumbas para comprobar si el muerto era o no era un vampiro, y para llevar el ritual de “descontaminación” contra el supuesto vampiro.

Uno de los síntomas de que un familiar recientemente enterrado podía ser un vampiro es la aparición repentina de enfermedades y cansancio en los familiares del difunto. Se tenía que llevar a cabo entonces un ritual, que consistía en exhumar el cuerpo y hacer una serie de ritos que varían según las zonas.

Entre estos ritos está el clavar una estaca de fresno en el corazón, cortar la cabeza al vampiro, volver a enterrarlo o incluso quemar el cadáver. En alguna zona, con las cenizas del cadáver se hacía una especie se “sopa” que los familiares debían beber.

Científicamente, el mito se ha tratado de explicar a través de la existencia de dos enfermedades: la rabia y la porfiria. La rabia era común en aquella época y la transmitían los animales, causando la muerte de la persona no sin antes ocasionar unos síntomas bastante llamativos, como la intolerancia al agua, una rabia exagerada, etc.

La porfiria es una enfermedad genética que entre otros síntomas causa fotosensibilidad y deformidades faciales, que hacen que los labios casi desaparezcan y los dientes se vean más prominentes, síntomas ambos del vampirismo.

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