El gato de Alcira Gigena

Este es un relato verídico, puede parecer por momentos algo gracioso, pero creo que en su situación hubiera sentido lo mismo. Me lo contó uno de uno de los cinco hombres que a continuación les relataré lo que vivieron.

Una mañana de julio, un convoy de cinco camiones que transportaban madera rodaba por la Ruta Nacional Nº 3, en Córdoba, Argentina. Al llegar el mediodía se dispusieron a parar a almorzar en la primera zona de descanso que pudieran encontrar. Así llegaron a un bosquecito en los alrededores de Alcira Gigena, un pueblito cordobés.

Ahí  pararon a estirar las piernas y a cocinar algo, juntaron ramas, pusieron el carbón y una parrilla que uno de los camioneros llevaba en su vehiculo y se dispusieron a hacer un asado lejos de los camiones para evitar cualquier problema.

Mi amigo me siguió contando: mientras esperaban que se cocinara la comida, llegó un gato negro que amigablemente se frotaba contra sus piernas. Los hombres no le respondieron la caricia, el gato se alejó unos metros y ahí se acostó a mirar a los raros visitantes.

Los hombres seguían cocinando y se pusieron a charlar sobre sus vidas, sus mujeres, fútbol, opiniones sobre donde vivían, política, y demás temas.

Al estar lista la carne, todos se sentaron y empezaron a comer con ganas y continuaron las charlas alivianadas por el fernet con cola que nunca podía faltar.

Atraído por el olor de la comida, el gato negro se acercó al costado de uno de los hombres, Luciano, mi amigo y relator de la historia, y se quedó sentado mirándolo fijamente esperando que le regalara algún recorte.

Cuando lo vio, Luciano dijo “gato feo y muerto de hambre” y siguió comiendo. El gato ni se inmutó. Pero al rato se apiadó del animal y le tiró un pedacito recién sacado de la parrilla.

El gato lo olió por un tiempo y lo dejó ahí, sin tocarlo

“Gato feo, muerto de hambre y encima refinado” Dijo Luciano, todos se rieron y siguieron comiendo charlando de fútbol entonces de repente todos escuchan claramente una voz fría y áspera, como de una persona muy anciana que responde “no soy refinado, está caliente” todos se pararon y miraron al gato, que seguía al lado del pedacito de asado. Algunos se alejaron a sus camiones corriendo, otros, creían que había sido una broma de sus compañeros, pero al ver el miedo de los demás, especialmente de Luciano, que escuchó perfectamente de donde vino esa fría voz, también se alejaron.

Se subieron a sus camiones y fueron hasta el pueblito, donde trataron de recomponerse del susto y reconstruir el hecho que los había asustado tanto.

En eso pasó una ancianita, que al escucharlos los interrumpió y les contó que en ese pueblo se dice que hay un hombre que pactó con el diablo, dicen que le entregó el alma de su mujer y su hijo a cambio de poder convertirse en animales, dicen que de vez en cuando aparece en alguna forma distinta, la anterior fue un gran lobo negro que entró al pueblo y causó destrozos.

Los hombres agradecieron a la mujer, se subieron a sus camiones y decidieron que la próxima vez que tengan hambre no van a parar en las cercanías de este inocente pueblo.

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